16 de septiembre de 2009

Presentando al Fantasma de Canterville

Dedicaremos esta primera entrada a hablar de los fantasmas. Esos que pasamos a través de las paredes, que de vez en cuando aprovechamos nuestra invisibilidad (invencibilidad) para chuzar conversaciones, situaciones o pensamientos en voz alta ajenos.


Los mismos que, acaso, firmamos de vez en cuando iniciativas populares tipo referendo (aclaro que no lo hice, pero colegas míos sí) o que acudimos juiciosos cada dos o cuatro años a depositar nuestro votico en las urnas que después revelarán los dueños de los destinos de nuestro país, tan venido a menos desde que un día cualquiera de hace cerca de 500 años un señor de cuyo nombre no quiero (no puedo) acordarme nos “descubrió”.


Somos fantasmas que sólo contamos, como los decimales, cuando nos necesitan. Somos entes semitranslúcidos que buscamos espacios como estos para contarnos nuestras desgracias, para dejar constancia de nuestros inconformismos, para celebrar nuestras victorias personales o colectivas por pírricas que estas sean o, cosa muy personal, hacer una declaración de amor eterno por medios públicos, cosa nada recomendable en los tiempos que corren.


Pero envestidos de las ventajas de la invisibilidad, del pseudo-anonimato y de las que brindan estos tiempos tecnológicos (además de, hay que tenerlo en cuenta, el tiempo que nos queda libre cada día), también tenemos que asumir nuestras realidades personales.


De aquí en más, hablaré en primera persona, pues este espacio no pretende ser la voz de las masas inconformes, conformes, soñadoras, resignadas, optimistas, uribistas, terroristas, opositoras, dormidas, enamoradas, políticas, ateas, religiosas, cristianas, satánicas, musicales, literarias, estudiosas, ignorantes o analfabetas, entre muchas otras.


No. Estas palabras serán mías. Serán las del Fantasma de Canterville que como en la canción de Sui Generis pasa “a través de la gente”. O como el original, el de Wilde, que no es tomado en serio por más sensatas que sean sus preocupaciones.


Me lanzo, así, a dejar por fuera de mi tintero virtual nuevas reflexiones, digamos, cada semana. Máximo dos. El estilo se construirá solo, como ha venido ocurriendo en secreto durante los años que he debido vivir como tal.


Me despido pues, por primera vez, con gran sensatez y sin mucho esfuerzo a manera de verso.

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