Bueno. Llega un nuevo programa sobre la vida mafiosa del narco colombiano. Ahora, el centro serán las mujeres que conviven con este flagelo que se convirtió desde hace casi medio siglo en uno de los principales causantes de la violencia en calles, campos, selvas y otros escenarios del territorio nacional. Esto, sin ignorar la realidad que se presenta allende las fronteras.
La enésima apuesta por estas historias en la televisión colombiana nuevamente muestra a un grupo de personas rodeadas por la cultura delincuencial que tratan de pasar lo mejor posible el día a día de sus vidas. Rutinas en la que la muerte y el crimen hacen parte de la ‘agenda laboral’.
Dicen los defensores y creadores de estos espacios que simplemente reflejan la realidad de Colombia, un país en donde el narcotráfico ha infiltrado a los gobiernos, las instituciones, la política y la vida de un gran porcentaje de sus ciudadanos. “Es una realidad, no podemos ignorarla. Tenemos el derecho y el deber de contarla” reclaman.
El argumento puede ser derrumbado con la velocidad del chasquido de los dedos con otras sentencias muy fuertes que parten de orillas tan diferentes como el moralismo absoluto de ciertos opinadores, políticos, periodistas, dirigentes o comandantes de Policía o Ejército, por un lado, o la de la autoridad intelectual que considera muy bajos los niveles de estas historias tanto en discurso como en técnica.
Otros –o los mismos- hablarán del ejemplo. El criminal está quedando como un héroe, como un ejemplo a seguir, mientras que policías, soldados, políticos, periodistas o quien quiera que luche contra ellos, en busca de erradicar esta delincuencia, queda como el sapo, el vendido, el villano, el aguafiestas.
Me detengo un momento en esta última idea. Si alguien considera que las actitudes o contenidos de la televisión comercial colombiana –o mundial- creo que debe reflexionar seriamente acerca de la manera en la que está asumiendo su propio papel en su vida. No puede dejarse en manos de un aparato lleno de contenidos tan diversos la educación ni el ejemplo para nadie.
No quiero usurpar la labor que durante años han hecho analistas de televisión y expertos en estos temas, pero me atrevo a decir que la televisión nacional de cualquier país es un mero creador de imaginarios populares que, sí, pueden ser parte de la educación o el ‘buen’ ejemplo. Insisto: si creemos que estamos educando a un país con su televisión, necesitamos una reflexión profunda acerca de lo que buscamos en nuestras vidas.
Vuelvo al tema que me ocupa.
Es cierto e innegable que la realidad de Colombia está plagada de episodios en los que delincuentes de todas las calañas, estratos, condiciones o actividades son los protagonistas. Todo esto hace parte de la tragedia nacional.
Considero que es un deber de los artistas el reflejar en su obra estas realidades tanto para crear consciencia acerca de estas realidades como para alimentar la memoria histórica. Sus responsabilidades acerca de la manera en que quedará esto reflejado en su obra hacen parte de otra discusión, pero cada artista responde por lo suyo, lo asume, lo defiende.
Pero aun no hemos visto el seriado o la telenovela que despliegue grandes presupuestos y recursos de producción para contar otras de las grandes tragedias de Colombia. El desplazamiento, la miseria, la corrupción política, el desempleo, la pobreza de ciertas regiones.
Pero tal vez es pedirles demasiado a los ‘transgresores’ libretistas y escritores colombianos que llevan a la televisión sus ‘audaces’ obras. Tal vez ellos se rindan al argumento vedado de los moralistas que ponen su grito en el cielo ante series o telenovelas como El capo, El cartel de los sapos o Sin tetas no hay paraíso y dirán simplemente: “es mejor ignorarlos”.
Por mi parte que escriban y lleven a la televisión lo que quieran. Sus motivaciones artísticas son respetables y personales. Ejerzo mi derecho a cambiar de canal, a no ver sus programas en el prime, a no hablar de ellos en la oficina, el bus, el taxi o la cafetería.
Pero sí les pediría que, por lo menos, o bien sean consecuentes con sus argumentos y reproduzcan otros episodios de la realidad nacional igualmente complejos y necesitados de salir a la luz, o bien los cambien por algunos más realistas y menos efectistas.
Addenda:
Sería prudente que canales y productores analizaran nuevas posibilidades para el horario triple A. Tal vez estamos cansados de tanta telenovela y reality reencauchado, mediocre y aburridor.
