29 de septiembre de 2009

NarcoTV

Bueno. Llega un nuevo programa sobre la vida mafiosa del narco colombiano. Ahora, el centro serán las mujeres que conviven con este flagelo que se convirtió desde hace casi medio siglo en uno de los principales causantes de la violencia en calles, campos, selvas y otros escenarios del territorio nacional. Esto, sin ignorar la realidad que se presenta allende las fronteras.


La enésima apuesta por estas historias en la televisión colombiana nuevamente muestra a un grupo de personas rodeadas por la cultura delincuencial que tratan de pasar lo mejor posible el día a día de sus vidas. Rutinas en la que la muerte y el crimen hacen parte de la ‘agenda laboral’.


Dicen los defensores y creadores de estos espacios que simplemente reflejan la realidad de Colombia, un país en donde el narcotráfico ha infiltrado a los gobiernos, las instituciones, la política y la vida de un gran porcentaje de sus ciudadanos. “Es una realidad, no podemos ignorarla. Tenemos el derecho y el deber de contarla” reclaman.


El argumento puede ser derrumbado con la velocidad del chasquido de los dedos con otras sentencias muy fuertes que parten de orillas tan diferentes como el moralismo absoluto de ciertos opinadores, políticos, periodistas, dirigentes o comandantes de Policía o Ejército, por un lado, o la de la autoridad intelectual que considera muy bajos los niveles de estas historias tanto en discurso como en técnica.


Otros –o los mismos- hablarán del ejemplo. El criminal está quedando como un héroe, como un ejemplo a seguir, mientras que policías, soldados, políticos, periodistas o quien quiera que luche contra ellos, en busca de erradicar esta delincuencia, queda como el sapo, el vendido, el villano, el aguafiestas.


Me detengo un momento en esta última idea. Si alguien considera que las actitudes o contenidos de la televisión comercial colombiana –o mundial- creo que debe reflexionar seriamente acerca de la manera en la que está asumiendo su propio papel en su vida. No puede dejarse en manos de un aparato lleno de contenidos tan diversos la educación ni el ejemplo para nadie.


No quiero usurpar la labor que durante años han hecho analistas de televisión y expertos en estos temas, pero me atrevo a decir que la televisión nacional de cualquier país es un mero creador de imaginarios populares que, sí, pueden ser parte de la educación o el ‘buen’ ejemplo. Insisto: si creemos que estamos educando a un país con su televisión, necesitamos una reflexión profunda acerca de lo que buscamos en nuestras vidas.

Vuelvo al tema que me ocupa.


Es cierto e innegable que la realidad de Colombia está plagada de episodios en los que delincuentes de todas las calañas, estratos, condiciones o actividades son los protagonistas. Todo esto hace parte de la tragedia nacional.


Considero que es un deber de los artistas el reflejar en su obra estas realidades tanto para crear consciencia acerca de estas realidades como para alimentar la memoria histórica. Sus responsabilidades acerca de la manera en que quedará esto reflejado en su obra hacen parte de otra discusión, pero cada artista responde por lo suyo, lo asume, lo defiende.


Pero aun no hemos visto el seriado o la telenovela que despliegue grandes presupuestos y recursos de producción para contar otras de las grandes tragedias de Colombia. El desplazamiento, la miseria, la corrupción política, el desempleo, la pobreza de ciertas regiones.


Pero tal vez es pedirles demasiado a los ‘transgresores’ libretistas y escritores colombianos que llevan a la televisión sus ‘audaces’ obras. Tal vez ellos se rindan al argumento vedado de los moralistas que ponen su grito en el cielo ante series o telenovelas como El capo, El cartel de los sapos o Sin tetas no hay paraíso y dirán simplemente: “es mejor ignorarlos”.


Por mi parte que escriban y lleven a la televisión lo que quieran. Sus motivaciones artísticas son respetables y personales. Ejerzo mi derecho a cambiar de canal, a no ver sus programas en el prime, a no hablar de ellos en la oficina, el bus, el taxi o la cafetería.


Pero sí les pediría que, por lo menos, o bien sean consecuentes con sus argumentos y reproduzcan otros episodios de la realidad nacional igualmente complejos y necesitados de salir a la luz, o bien los cambien por algunos más realistas y menos efectistas.


Addenda:


Sería prudente que canales y productores analizaran nuevas posibilidades para el horario triple A. Tal vez estamos cansados de tanta telenovela y reality reencauchado, mediocre y aburridor.

25 de septiembre de 2009

El criterio presidencial

El asunto es el siguiente: el director técnico sabe que tiene que hacer un cambio urgente. El juego ha transcurrido de forma violenta y su equipo tiene el número mínimo de jugadores en la cancha. Su portero se ha lesionado, así que está obligado a realizar la sustitución. Caso opuesto, perderá el juego por sustracción de materia.

En el banco hay tres alternativas: Un delantero eficiente para anotar goles, no para evitarlos; un talentoso armador que no se recupera del todo de una lesión y un marcador central de esos que se destacan por sus constantes faltas y repetitivas expulsiones.

El árbitro exige que se realice el cambio o, finalmente, decretará la conclusión del partido. Mientras que en el palco directivo se exige pronto la sustitución sin obedecer los reclamos del técnico acerca de mejores alternativas.

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La Corte Constitucional ha decidido, nuevamente en pocas semanas, sentar un precedente algo grave para la institucionalidad nacional. Su rechazo y devolución de la terna para elección del Fiscal General de la Nación ha provocado que el enfrentamiento entre los poderes Ejecutivo y Judicial inicie un nuevo capítulo.

Desde el Gobierno se rechaza esta actitud con reglamento en mano: la Corte debe elegir de la terna enviada por el Presidente. La Constitución, dicen, no establece que los magistrados deban evaluar las capacidades de los candidatos. Parece la razón estar del lado presidencial.

La Corte Suprema, en aparente desobediencia al mandato constitucional, ha decidido que los ternados no son los ideales para ocupar el cargo, aludiendo entre otras razones su falta de experiencia en la materia penal. De los escándalos, inhabilidades o incapacidades de cada uno ya han hablado extensamente los medios.

La realidad, sin embargo, muestra a una Corte que aunque parezca desobediente actúa de forma más responsable de lo que se destaca en otras instancias de la rama Judicial y ni qué decir de la Ejecutiva, cuyos actos parecen sacados de la peor historia propagandística de la izquierda radical: Subsidios del AIS, por ejemplo.

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El criterio presidencial ha estado lejos de ser el más acertado: ministros de pocas o ausentes capacidades para ocupar sus cargos, embajadores incomprensiblemente integrados en la carrera diplomática, entre otros muchos funcionarios de dudosa reputación.

Los ejemplos de los fallos en el criterio presidencial son numerosos. Saltan a la vista Salvador Arana o Cuello Baute, por ejemplo.

Pero el caso más sonado y que aun hoy repercute, a pesar del supuesto 80 por ciento que se mantiene fiel al Gobierno, es el de un señor Noguera en el DAS. Chuzadas, falsos positivos y entrega de información reservada a las mafias paramilitares se convirtieron soterradamente en la política institucional.

Hoy Uribe y sus subalternos, cuando el escándalo de las chuzadas traspasó las fronteras, acusan a manos criminales de estos hechos. Dicen que las mafias infiltraron el DAS. Ya se ha dicho: La mafia se infiltró cuando el Presidente nombró a Noguera. No antes. No después.

Si el Presidente fue capaz de poner a un criminal de la calaña del señor Noguera en la dirección del DAS, a un paramilitar como Salvador Arana en la diplomacia o, en el campo personal, a elegir como uno de sus compadres a un confeso hampón como Cuello Baute, es comprensible la duda inconstitucional de la Corte Suprema.

Podría nombrar al nuevo Fiscal con la terna que le presentaron como -insisto, dicen- es su obligación. Pero hacerlo convertiría a la Corte en cómplice del imprevisible (?) criterio, el del 80 por ciento “inmodificable, inalterable”, el mismo de los 4 millones de firmas.

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El técnico está presionado por el árbitro, el palco y el reglamento. Poco a poco el público también empieza a presionar. Tal vez cederá, hará el cambio y, resignado, se sentará a esperar, no a que acabe el partido, sino a la hora en que se marque el primer autogol en la cancha. Ahí, sólo ahí, pasará de la inconstitucionalidad a la complicidad. ¡Gol!

Perdón: Autogol.

17 de septiembre de 2009

Referen-Doom

El desastre, la destrucción, el día del juicio final ha llegado. Armas llegan por doquier a puertos, aeropuertos, bases militares, ciudades y países. La región se llena de plomo, acero, hierro, radares, balas, tanques, buques, bombas, submarinos. El proyecto nuclear avanza en algunos puntos. Hezbolla ha llegado a Suramérica. Las Farc más diezmadas de la historia -cosa extraña- extienden sus tentáculos por todo el mundo.

La corrupción campea en Carabobo o en Casanare. En el Chimborazo o en el Nevado del Ruiz. En Lima un guerrillero se vuelve mito, en Caracas se hace lo propio y en Bogotá cómplices criminales chillan para no ser juzgados o seguir escondidos en su inmunidad aparentemente inmoral.

El aula más prestigiosa y grande de Colombia escandaliza cuando ella realiza una de esas obras incomprensibles en un performance y reparte líneas a diestra y siniestra. No ha matado a nadie, no ha inducido a nadie, no ha robado a nadie. Su pecado: pensar diferente, ser subversiva, usar recursos públicos. Los demás, los moralistas, atacan con miradas, palabras y acciones legales. “Es inmoral, Dios te castigue. A qué hemos llegado” rebuznan en su trinchera defensora-ofensora de las libertades mentadas desde todas las orillas.

Es, sin duda, el peor escenario. La hecatombe ha llegado. El Doom de los angloparlantes, el acabose. Se nos va al abismo el país, la región, el mundo.

En este escenario todo es válido. Vender, comprar, fiar, pedir, entregar, decir sí, negar, decir no, aceptar. La feria burocrática empieza. En la entrada del Pacífico se incautan millonarias encomiendas en dólares. La fiesta de las campañas pasa saliva mientras ve que sus recursos son interceptados por la fuerza del orden que bajo el nombre de la Policía defiende “sus” intereses.

El referendo, solución y parte del Doom, ha sido aprobado. Entre denuncias de ilegalidad mentadas a todo volumen, a toda hora, por cualquier frecuencia radial, en cualquier espacio noticioso, en primeras páginas, editoriales o columnas de opinión, en blogs, en correos, en llamadas. Entre inhabilidades legalmente superadas –que no legítimamente-, entre sospechas fundadas e infundadas. Todo se ha consumado. El destino queda en manos de la Corte. La Constitucional, la que dicen que es de bolsillo, la que dicen que es independiente, la que no se sabe qué va a hacer.

Es la Hecatombe –con mayúscula- mentada sospechosamente en privado por el señor presidente. La Hecatombe nos rodea, nos arrastra al abismo. Nos vulnera, nos anuncia, nos preocupa, nos asusta. Todo se acaba si el magnificado diablo vecino nos invade. Si el inepto opositor local nos gobierna.

La iniciativa mal pensada, mal planeada, mal lograda. Millones la firmaron; quién sabe cuántos pensando que se inscribían para la rifa de una notaría, quién sabe cuántos conscientes del despropósito de hacer un cambio sin pensar en modificar las estructuras que podrían verse afectadas.

Surge el referendo, la pastilla para todos los males. Para combatir al vecino, a la nueva guerra fría, a la corrupción campante, a la intromisión extranjera, a la amenazante denuncia interna, a la descalificación opositora. Pero surge la Hecatombe, el Doom, como parte de la cura, del antibiótico. La iniciativa cura los miedos, pero no los males. Usa los miedos para justificar sus males.

La Hecatombe hecha cura. La cura hecha Hecatombe: el Referen-Doom.

16 de septiembre de 2009

Presentando al Fantasma de Canterville

Dedicaremos esta primera entrada a hablar de los fantasmas. Esos que pasamos a través de las paredes, que de vez en cuando aprovechamos nuestra invisibilidad (invencibilidad) para chuzar conversaciones, situaciones o pensamientos en voz alta ajenos.


Los mismos que, acaso, firmamos de vez en cuando iniciativas populares tipo referendo (aclaro que no lo hice, pero colegas míos sí) o que acudimos juiciosos cada dos o cuatro años a depositar nuestro votico en las urnas que después revelarán los dueños de los destinos de nuestro país, tan venido a menos desde que un día cualquiera de hace cerca de 500 años un señor de cuyo nombre no quiero (no puedo) acordarme nos “descubrió”.


Somos fantasmas que sólo contamos, como los decimales, cuando nos necesitan. Somos entes semitranslúcidos que buscamos espacios como estos para contarnos nuestras desgracias, para dejar constancia de nuestros inconformismos, para celebrar nuestras victorias personales o colectivas por pírricas que estas sean o, cosa muy personal, hacer una declaración de amor eterno por medios públicos, cosa nada recomendable en los tiempos que corren.


Pero envestidos de las ventajas de la invisibilidad, del pseudo-anonimato y de las que brindan estos tiempos tecnológicos (además de, hay que tenerlo en cuenta, el tiempo que nos queda libre cada día), también tenemos que asumir nuestras realidades personales.


De aquí en más, hablaré en primera persona, pues este espacio no pretende ser la voz de las masas inconformes, conformes, soñadoras, resignadas, optimistas, uribistas, terroristas, opositoras, dormidas, enamoradas, políticas, ateas, religiosas, cristianas, satánicas, musicales, literarias, estudiosas, ignorantes o analfabetas, entre muchas otras.


No. Estas palabras serán mías. Serán las del Fantasma de Canterville que como en la canción de Sui Generis pasa “a través de la gente”. O como el original, el de Wilde, que no es tomado en serio por más sensatas que sean sus preocupaciones.


Me lanzo, así, a dejar por fuera de mi tintero virtual nuevas reflexiones, digamos, cada semana. Máximo dos. El estilo se construirá solo, como ha venido ocurriendo en secreto durante los años que he debido vivir como tal.


Me despido pues, por primera vez, con gran sensatez y sin mucho esfuerzo a manera de verso.